El lenguaje como aparato de goce y cuerpo. Por Aurora Favre

Jornadas de Escuela – 2018 – “Cuerpo, inconsciente y goce… otra vez”

A partir del lugar que va teniendo el niño inmerso en cambios epocales que la ciencia y la tecnología va desarrollando y el derecho legitimando, me propongo trabajar el cuerpo y las operaciones de constitución de la subjetividad.
En efecto la ciencia ha posibilitado cambios tales como que la identidad genética (óvulos sean distintos de la gestante y que reciba espermatozoides que pueden ser distintos de quien se nombrará padre que también busque esa fecundación, o sin padre. La ley de matrimonio igualitario y la ley de identidad de género ha posibilitado la parentalidad en familias homo y monoparentales. Son cambios importantísimos y nos invitan y comprometen a los analistas a interrogarnos acerca de la subjetivación de esos cambios, que son derechos.
Pero el terreno de interrogación que abordo motivada por cuestiones de género que ahora sobrevuelan la infancia, es sobre lo que Lacan nombró en “Acerca de la causalidad psíquica” como “insondable decisión del ser”, refiero al núcleo de la sexuación en el parletre, cómo se constituye en la infancia, poniendo en el centro de interrogación el término de “autopercepción” en niños al que refieren determinadas concepciones de política de género desde la infancia como soporte de prácticas que llevan al extremo de cambios en los cuerpos.
Tenemos un ejemplo de los cambios a los que refiero y que fueron legitimados, es el de Luana que fue la primer niña trans que obtuvo su DNI en la ciudad, a los 6 años. Su mamá creó la asociación Infancias Libres.
Vamos a hacer algunas consideraciones respecto de las operaciones instituyentes del sujeto en la infancia y el llamado despertar sexual en la pubertad.
El sujeto para estructurarse, para advenir como tal en su singularidad, requiere, como anterioridad lógica, del discurso del Otro encarnado en el otro de la trama familiar y social. Es decir, no es del orden natural ni causa de sí, sino que resulta de un proceso que no se da de una vez y para siempre, sino en un permanente devenir.
El discurso es lazo social que hace al goce, al deseo y al amor en la trama con los otros.
Como sujeto aún a adevenir, el infans (niño sin palabra) recibe una inscripción, por la vía del significante, en el campo del Otro quedando en una posición de yo no pienso (operación de alienación) El significante marca su soma (heredero del capital genético) adviniendo como sujeto parlante por efecto del lenguaje. Lacan construye un neologismo -parletre para nombrar la eficacia de lo simbólico en el viviente que es el meollo del objeto en psicoanálisis.
El significante, al implantarse en el viviente, hace que el soma se constituya en cuerpo pulsional, cuerpo erógeno, y así queda inscripto en la cadena transgeneracional en la trama socio-histórico. El significante es contingente.
Situamos entonces el Falo articulador de la ley del significante en tiempos de predominio del registro simbólico con la cita de La significación del falo en Escritos :
“…instalación en el sujeto de una posición inconsciente sin la cual no podría identificarse con el tipo ideal de su sexo, ni aún responder sin graves perjuicios a las necesidades de su partenaire en la relación sexual, ni aún acoger con justeza las del niño procreado a partir de aquella”.

Nos encontramos aquí con aseveraciones normativas que podríamos considerar que responden al clásico Edipo y al tiempo de la metáfora paterna.
En los tiempos instituyentes el l infans incorpora el significante si hay castración a nivel del Otro, –constituye el cuerpo erógeno, libidinal, que en el Seminario sobre Los cuatro conceptos, llama laminilla , se forma en las zonas de intercambio con el Otro, Y allí es donde se va configurando la erogeneización del cuerpo, en un circuito entre el sujeto y el Otro que es el tour de la pulsión. Lacan nombra goce autista (no refiere al goce del autismo) y dice que es la reserva libidinal, en relación con los objetos del cuerpo real, antes de ser unificados en la completitud de la imagen especular, tal como la trabajó Freud.
A partir de los desarrollos sobre el goce que hace en el Seminario (Encore) Lacan situa dos vias en esta anterioridad lógica respecta de las operaciones instituyentes del sujeto a advenir. Dice que el Otro no es solo lugar de los significantes sino que del otro lado, del lado del Gran Otro barrado encontramos el goce extra de la mujer, goce suplementario, o sea no todo fálico. Dice que solo existe en la medida que existe la batería significante, Este goce también nombrado goce de la mujer, goce femenino para quien se dice hombre y para quien se dice mujer es un goce del que no se sabe nada porque se lo siente. Son dos lógicas: la lógica fálica y la lógica del no todo. Con estos desarrollos conceptualiza el lenguaje como aparato que cifra goce que es la letra del lado del infans. Cifra en el viviente en donde las necesidades quedan impregnadas por el goce constituyendo otra satisfacción. Hemos situado en la relación del sujeto a advenir con el Otro un recorrido, el tour de la pulsión. La fórmula de la pulsión es la de la demanda inconsciente del Otro y cuando el S(A/) opera Lacan dice que la demanda es demanda de amor y es el Otro, en su demanda, que media la relación con el cuerpo del sujeto a advenir. Podríamos decir que el cuerpo, cuando se constituye como propio, es propio en la medida en que pudo ser para el Otro, si funciona la operación de separación.

Dice Lacan que el niño es el único y verdadero objeto a. Se da una coalescencia del a con S(A/), lugar del goce suplementario, que instala otra satisfacción que hace que el desamparo estructural del infans no se realice.

Así como el deseo es desde el inicio deseo del Otro, la libido requiere del pasaje por la castración para llegar a ser el goce del cuerpo del otro: el cuerpo del otro como metáfora de mi goce. Lo que el niño simboliza es el goce del Otro no el Otro.

Si hay falta en el Otro, el infans tiene un lugar, no tapona la falta y hace un trabajo con la falta en la operación de separación. Esta es una posibilidad –el de recrear la falta- si en una anterioridad lógica el Otro puede ceder el objeto. Si hay a nivel del Otro forclusión de la falta, lo que incorpora no es un significante que cifra goce sino un signo unívoco, produce marca de la no marca. Para que se produzca goce cifrado a nivel del Otro habría un goce suplementario pero no inconmensurable es decir más allá del falo.
Estas viscisitudes en torno a la castración, si a nivel del Otro está simbolizada o no, si está renegada o forcluida incide en la posición del niño en la estructura. En la prinera infancia hay gran maleabilidad de los empalmes porque el niño está constituyéndose y si en la clínica las intervenciones del analista operan con el niño y los padres suele haber rectificaciones en las posiciones.

Con estos desarrollos acerca del goce la concepción de inconsciente destaca no solo lo no sabido, sino el goce que le atañe, goce de un saber no sabido en tanto situado en el cuerpo.

De ahí que hay muchas variaciones en lo que porta un niño, pues cada infans es único. Sus murmullos, su modo de moverse, su modo de ser en el mundo. Ahora bien, lo simbólico no es consecuencia de un aprendizaje, sino –y acá viene lo que queremos señalar como importante para lo que venimos desarrollando– “Los padres modelan al sujeto en esa función que titulé como simbolismo. [Por] la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar, no puede sino llevar la marca del modo bajo el cual lo aceptaron los padres” . Esas variaciones en función de lo que el niño porta nos hablan de la marca que la función simbólica inscribe del lado del infans, que Lacan nombró con el neologismo lalengua. Es esa particularidad, esa singularidad de lo real en cada sujeto a advenir. La combinatoria significante, en tanto tramita goce y deseo: caracteriza a dicha singularidad, en la que se anuda –al mismo tiempo que une, separa– el lenguaje al goce (el goce es goce del cuerpo) y así se configura como tal, como sustancia gozante.

Quiero poner a consideración cuál es la relación del sujeto con su cuerpo. En las neurosis el sujeto no tiene la menor idea de lo que le acontece en el cuerpo mientras este se encuentra en proceso de reconstituirse respecto de lo que le pasa, como la cola de la lagartija, dice Lacan y adquiere todo su peso por la vía de la mirada. Es de suma importancia la mirada (lo escópico) y la voz, la escucha del Otro (lo invocante) para la constitución en el infans del “hacerse ver” y para la constitución de la imagen unificada de sí, propia del narcisismo y constitutiva del yo. En efecto en la relectura que hace Lacan de la carta 52 de Freud situa que lo que un sujeto percibe tiene muchas retranscripciones por la red significante del Otro.
Al referirnos a los registros real, simbólico e imaginario y al modo de anudamiento de los mismos en tiempos instituyentes, estamos considerando el complejo campo de las identificaciones fundantes, que tanto en Freud como en Lacan está en el centro de la cuestión del padre, pero también del padre como cuestión.
En La tercera, Lacan termina de conceptualizar la noción de cuerpo, el que pasa a tener un carácter de anudamiento de los tres registros (RSI), encontrándose el objeto a en la intercepción de los mismos. Ya en este tiempo contamos con la conceptualiación de los nombres del padre.

Cuando en el Otro Primordial opera el efecto forclusivo, la constitución de la estructura en el infans va a tener un estatuto persecutorio, de fragmentación de la imagen de sí, propio del significante reificado, que instaura un goce arrasador, sin medida fálica (sin ordenamiento simbólico), sin mengua de goce. Significante devenido signo unívoco e imperioso que obtura la posibilidad, en estos casos, de que el infans advenga sujeto de una palabra propia, quedando fuera del discurso –en la medida en que para el psicoanálisis, el discurso es el ordenamiento de los términos (S1, S2, otro y a) que hace a la enunciación inconsciente propia del sujeto dividido, al goce, que hace, como dijimos, al cuerpo asumido como propio y al lazo con el otro. El efecto del significante reificado produce efectos siniestros en el cuerpo, a puro exceso de goce.

Que el significante trabaja sobre la sustancia gozante separando el cuerpo del goce quiere decir que el objeto perdido quedó en tanto tal como resto, remitiendo el significante a él sin poder representarlo en el llamado objeto plus de goce, ( tal como lo empezó a nombrar Lacan en el seminario XVI) recuperación de goce con medida a partir de la necesaria pérdida, mengua de goce que el significante en su repetición tramita.
Siguiendo con las consideraciones acerca de la escrituración de la sexualidad, que Lacan nombra sexuación, decimos que el discurso del inconsciente refiere a un saber no sabido sobre lo real del sexo, que Freud nombró “sexualidad y muerte” y Lacan nombró con la categoría de lo imposible.
Esto es, no hay posibilidad de simbolizar la falta mediante la articulación del Falo como significante. Con los desarrollos del goce en el Seminario XX no se trataría de intervenciones en análisis a partir de considerar la barrera al goce en tanto y en cuanto el lenguaje es aparato de goce y Falo no articula ninguna significación simbólica, está en el lugar de la barra, donde no se puede comprender nada. Es límite. Lacan ubica la castración a nivel del lenguaje. La barra es el lugar del escrito a partir de leer la letra.
Lacan plantea en el Seminario XX que para considerar el ser del hombre, de la mujer o del niño, es necesario decir que en sí mismos estos nombres son significantes (contingentes) cuyo significado está en relación con cómo cada uno se sexúa en un orden de discurso, de lazo, cómo se las arregla en su trabajo de escritura con el saber hacer con la letra. Saber hacer es una elaboración de goce mediante semblantes de objeto.
Plantea en este Seminario que este trabajo de escritura jamás puede recubrirlo todo, y esta imposibilidad que nombra “no hay relación sexual” es la condición para que el lenguaje se articule con el discurso que es lazo a partir de una trasmisión de lugares simbólicos
Desde la lógica fálica, entonces, estamos a nivel de la repetición significante, con esta lógica se ha jugado la dimensión del objeto y las condiciones de la elección amorosa en el tiempo de la infancia.
La lógica del no-todo inscribe lo imposible del encuentro entre los sexos, pero recorta lo posible –sobre el horizonte de la aceptación de las diferencias, de las diversidades– a partir y más allá de lo narcisístico de las relaciones amorosas.
La incidencia de lo simbólico agujereando lo real tiene dos tiempos: la escrituración de la primera infancia, en la estuvimos situando que se van dando las primeras cifras de goce, letra del lado del infans que gracias a la maleabilidad de los empalmes del nudo y de la eficacia simbólica, le permite al niño “jugar” el vivir a partir de dichas marcas, elaborando sus teorías sexuales infantiles, según las versiones epocales. En un segundo tiempo, el de la pubertad, en que se da un reordenamiento que incluye la novedad de las marcas fundantes del sujeto tramitándose los términos del fantasma que han venido constituyéndose, orientándose hacia una estabilización, mostrando a las claras que el lazo con el otro hace a lo abierto –falla– de la estructura, en permanente estructuración. Hay entonces, una tramitación hacia la estabilización al mismo tiempo que sostiene la vacilación, la alteración de lo establecido propia de la situación adolescente.
La pubertad no es una continuidad de los avatares de la infancia sino una puesta a prueba – a partir de los cambios en el cuerpo, de la posibilidad del encuentro sexual– de lo que el tiempo lógico de la infancia construyó en las operaciones instituyentes, por lo tanto en este tiempo se produce un reordenamiento, o un ordenamiento novedoso, de la relación del sujeto con el Otro.
Acá podemos volver sobre lo que nos planteábamos al comienzo del trabajo, pensando en la niña Luana, de seis años en donde los adultos hicieron intervenciones que incidieron en su sexuación y legitimaron un cambio de identidad. Qué implicancia podría tener el no dar lugar a este segundo tiempo que es el despertar por la metamorfosis de la pubertad. No se trata de un despertar de lo biológico o al menos no solamente, sino que se trata de una reedición de las cifras de goce que se escrituraron en la primera infancia poniendo a prueba la interdicción, no todo goce relativa a las primeras marcas.
A partir de este reordenamiento, el sujeto busca el cuerpo del otro como prójimo, como soporte de satisfacción, la que debe pasar por el campo del Otro. Cómo ser varón o ser mujer se dirime en el campo de la escritura a partir de la cifra de goce, según cómo cada quien se las arregla a modo de un saber hacer con el goce, con la complejidad y la actualización permanente que se va dando. Estas no remiten exclusivamente a las marcas que se producen en el ámbito familiar, sino que son actualizadas y transformadas permanentemente en función de los lazos que el púber y el adolescente va teniendo
Lo novedoso a partir de la pubertad es la posibilidad de la realización del acto sexual, que involucra el cuerpo del partenaire y el aprestamiento para el goce del Otro sexo, del cuerpo del otro reconocido como tal, como semejante y ajeno radical. Implica asumir el enigma que el otro le plantea. Se produce un despertar que se hará de acuerdo con la singularidad del fantasma, que como ya hemos dicho se conmueve estructuralmente, vacila, obligando al sujeto a realizar un trabajo con dicha vacilación. Recordemos que el fantasma es lo que enmarca, lo que pone coto al goce polimorfo infantil, que escenifica lo construido en la infancia como identificación.
¿Qué implica un encuentro amoroso? Justamente, es la posibilidad de colocar el objeto, esos detritus que construyó el lenguaje como aparato de goce, lo no apalabrado, en el lugar del otro y no remitirlo exclusivamente a una satisfacción narcisista autoerótica.
Acá cobra todo su sentido la puesta en juego de la elección de objeto. La pulsión sexual era hasta entonces predominantemente autoerótica, con vivencias de placer ligadas a zonas erógenas independientes, propio de la lógica fálica. Una cuestión es la satisfacción narcisista ante la imagen de sí o el goce del autoerotismo, y otra es el goce ante el Otro sexo. En la adolescencia se da un singular modo de conmover el narcisismo infantil.
Por la vía del despertar nos dirigimos a la cuestión del encuentro entre los sexos, donde paradójicamente se pone en juego el “no hay relación sexual” sobre la tramitación del “hay relación” entre los sexos que no es del orden de lo incestuoso.
Justamente, al reubicar la metamorfosis como despertar no de lo biológico, o al menos no solamente, sino como el despertar de la trama, para el encuentro con el otro, se puede pensar que es la dimensión de la “no relación sexual” la que permite escriturar lo real del sexo semblanteando el objeto en el juego amoroso. La verdad del sujeto en relación con el sexo es la castración, que acepta lo inanticipable, en el horizonte de la indeterminación.

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